domingo, 28 de febrero de 2010

El Renacimiento Empieza en Córdoba

En artículos anteriores como Leyendo la economía de Rodolfo Llinás y Sir Bernard Shaw, un escritor cristiano socialista ateo que coqueteaba con el Islam, he expuesto diversas razones y argumentos sobre por qué el Islam, en tanto sistema socio-económico-político, es la verdadera alternativa a la pobreza, la destrucción del medio ambiente, la deshumanización, y en fin, a los males del mundo actual. La prueba de que el Islam como sociedad y como civilización funciona, es que está históricamente demostrado. Este artículo nos habla de un poco de esa historia, la historia de cómo la influencia del Islam sacó a Europa del oscurantismo medieval. Al final del texto, agrego un video sobre los avances que aportó el Islam medieval al desarrollo de la civilización actual.


EL RENACIMIENTO EMPIEZA EN CÓRDOBA

Por: R. H. Shamsuddín Elía




«En ningún momento, ni Roma ni París, las dos ciudades más pobladas del Occidente cristiano, se acercaron al esplendor de Córdoba, el mayor núcleo urbano de la Europa árabe-islámica». “La vida cotidiana de los árabes en la Europa medieval”. Charles-Emmanuel Dufourcq, medievalista francés.



Dice el historiador musulmán argelino al-Maqqarí (1591-1634) que la ciudad andalusí de Córdoba, en el siglo X, era una ciudad civilizada no inferior a Bagdad y Constantinopla. En esa época, en la urbe que se alzaba en la orilla sur del Guadalquivir, había una población de casi un millón de almas (hoy apenas alcanza las 300 mil y no es ni la sombra de lo que fue) encerradas en un perímetro que medía doce kilómetros y en 21 arrabales; con 471 mezquitas, 600 baños públicos, 213.077 casas de clase media y obrera, 60.300 residencias de oficiales y aristócratas, y 4.000 tiendas y comercios en una superficie de 2.690 Ha. Un artístico puente cruzaba el río, que aún lleva su nombre árabe (uadi al-kabir: “el río grande”), y en ambos lados se extendían los barrios de la dominante población musulmana: árabes y bereberes de África, muladíes (descendientes de los godos conversos al Islam), comunidades de judíos sefaradíes, cristianos arrianos y católicos (mozárabes), eslavos y bizantinos del este de Europa.

Las calles estaban empedradas y alumbradas de noche. Se podían andar quince kilómetros a la luz de los faroles callejeros junto a una serie ininterrumpida de edificios. La Córdoba musulmana era famosa por sus jardines, alcantarillas, acueductos y paseos de recreo, cuando Londres y París eran aldeas toscas y nauseabundas.

Durante su largo reinado, primero como emir y después como califa, Abderrahmán III (891-961) elevó a Córdoba a su cúspide. Fue gran administrador, incansable constructor y mecenas del saber y de las artes. Su hijo al-Hakam II (m. 976) fue aún más entusiasta en coleccionar manuscritos y atraer hombres sabios a su corte. Su biblioteca tenía fama de contener 400.000 volúmenes. El islamólogo holandés Dozy (1820-1883) dice:

«Sólo el catálogo de su biblioteca se componía de 44 cuadernos, y no contenía más que el título de los libros, y no su descripción…Y al-Hakam los había leído todos, y lo que es más, había anotado la mayor parte… Hakam conocía mejor que nadie la historia literaria, así que sus notas han hecho siempre autoridad entre los sabios andaluces. Libros compuestos en Persia y en Siria le eran conocidos, muchas veces, antes que nadie los hubiera leído en el Oriente».

Y al-Hakam tenía a un preceptor y consejero como al-Zubaidí (m. 989) que acuñaba pensamientos como éste: «Todas las tierras, en su diversidad, son una. Y los hombres todos son vecinos y hermanos».

Tan grande era el poder y el prestigio de Córdoba, que los gobernantes de los reinos cristianos del norte de España se presentarían humildemente ante la corte del califa para solicitar ayuda en la solución de sus problemas políticos o personales. Sancho el Craso, rey de León viajó hasta Qurtuba (nombre árabe de Córdoba) en busca de ayuda para reconquistar su reino y curarse de su obesidad. Fruto de estas interrelaciones de musulmanes y cristianos, los monjes benedictinos estudiaron en la Córdoba califal, en ejemplo de la más eficaz y bella convivencia. Al gran erudito cristiano del siglo X Gerbert d’Aurillac o d’Auvergne (938-1003), que fue Papa en 999 bajo el nombre de Silvestre II, se le consideró que había estado en tratos con el demonio durante su permanencia en Córdoba a causa de sus conocimientos astronómicos.

El teólogo Ibn Hazm (994-1064), autor de «El collar de la paloma» —ese encantador manual de amor divino y profano, a la vez que documento social de la época—, nos dejó un testimonio del elevado rango que tenían las mujeres musulmanas cordobesas:

«Yo mismo he observado a las mujeres y he llegado a conocer sus secretos hasta un punto casi incomparable, porque fui criado y crecí entre ellas, sin conocer otra sociedad. Nunca alterné con hombres hasta que fui ya adolescente y me había empezado a despuntar la barba. Fueron las mujeres las que me enseñaron el Corán, me recitaron mucha poesía, me enseñaron la caligrafía» (cfr. Roger Arnaldez: Grammaire et théologie chez Ibn Hazm de Cordue, J. Vrin, París, 1981).

El gobierno de Abu Amir al-Mansur (938-1002) —regente del pusilánime Hisham II (965-1013)—, con sus excesos y despropósitos, provocaría la guerra civil y la disolución del califato. Pero el eclipse de Córdoba no significó el fin de la civilización islámica en España que se prolongaría durante otros 500 años.

Filosofía y humanismo

De los numerosos sabios nacidos en al-Ándalus con posterioridad, tres de ellos merecen mención especial. Los tres eran admiradores de Aristóteles y trataron de reconciliar la sabiduría de los antiguos con las verdades del Islam. Al zaragozano Ibn Baÿÿa o Avempace (¿1070?-1138) se le recuerda principalmente por su obra «El régimen del solitario», crítica del materialismo y la mundanalidad de la sociedad musulmana de entonces. Sus ideas fueron ampliadas por el granadino Ibn Tufail (1110-1185), autor de una notable novela alegórica que llegó a conocerse en el resto de Europa a través de las traducciones al latín y a otros idiomas. Su héroe, Hayy Ibn Yaqzán —antepasado del Robinson Crusoe, de Defoe; del Emilio, de Rousseau, y del Mowgli, de Kipling— es un niño abandonado al que amamanta una gacela. El niño va creciendo hasta alcanzar, mediante la observación y el razonamiento, no sólo la comprensión del mundo material, sino a través de la contemplación mística, la comprensión del Único Hacedor. Finalmente, encuentra a su «hombre Viernes» en forma de ermitaño musulmán, y se da cuenta de que las verdades que él había descubierto con la luz de la razón eran las mismas que las enseñadas por la religión revelada (cfr. Ibn Tufail: El Filósofo Autodidacto, Trotta, Madrid, 1995).

El mismo tema, la Armonía de la Religión y la Filosofía, constituye el pensamiento central del filósofo y médico cordobés Ibn Rushd, más conocido como Averroes (1126-1198). Este sostenía que la filosofía y la religión eran dos caminos igualmente válidos y complementarios para conocerse a sí mismo y conocer a Dios, y se esforzó en reconciliar ambas en sus escritos y comentarios. Como las obras de Averroes fueron denunciadas como impías por ciertos jurisperitos envidiosos y desubicados, hallaron escaso eco en el resto del mundo islámico. No obstante, llegaron a ser ávidamente estudiadas, discutidas y, finalmente, exaltadas en los foros universitarios e intelectuales de la Europa medieval y renacentista, iluminando las obras de san Alberto Magno, santo Tomás de Aquino, Roger Bacon y muchos otros, incluso los racionalistas de los siglos XVII y XVIII como Spinoza, Descartes y Kant. El pensamiento de estos sabios cristianos también recibió las influencias de otro cordobés y colega de Averroes, el médico-filósofo judío en lengua árabe Maimónides (1135-1204) que también trató de sintetizar fe y razón.

Gnosticismo e inspiración mística

Al-Ándalus también fue la cuna de la mística islámica occidental, que en el siglo XVI inspiraría la obra de santa Teresa de Ávila (1515-1582) y san Juan de la Cruz (1542-1591). El primer sufí hispanomusulmán del que tengamos noticia es el filósofo cordobés Ibn Masarra (883-931) que vivió bajo la protección de Abderrahmán III. No se han conservado sus escritos, pero, al parecer, estuvo influido por el filósofo greco-siciliano Empédocles de Agrigento (490-430 a.C.). A finales del siglo XII, se hallaban sufíes en todas las regiones de la España musulmana. El murciano Ibn al-Arabi (1165-1240), llamado Sheij al-Akbar (“El Doctor máximo”) e Ibn Aflatún (“El Hijo de Platón”) dejó descripciones de 55 de ellos. Ibn al-Arabi murió en Damasco después de toda una vida empleada en el estudio y las experiencias místicas. De los 400 o más libros que le atribuyen sus biógrafos, uno titulado en árabe Futuhat al-Makkiyya (“Revelaciones de La Meca”) dejó una profunda huella en la cultura occidental. Proporcionó antecedentes a la ficción poética de Dante Alighieri (1265-1321) de un viaje por los reinos de ultratumba, con su topografía geométrica, sus vislumbres de la gloria de los elegidos y su beatífica visión del esplendor divino.

Transvasamiento científico y cultural

Mientras tanto, Toledo, otra urbe donde congeniaban las tres culturas monoteístas, se había convertido en un centro de erudición. Muchos de los manuscritos de la gran biblioteca de al-Hakam fueron a parar allí y en ella residía un conjunto de eruditos competentes para traducirlos que conformarían la llamada escuela de traductores de Toledo bajo el ejemplar mecenazgo de Alfonso X el Sabio (1221-1284). La fama de Toledo atrajo enseguida estudiosos de todas partes de Europa: hacia 1200 Daniel de Morley llevó desde allí a Inglaterra «una preciosa multitud de libros» islámicos; otro tanto hicieron el italiano Gerardo de Cremona (1114-1187) y el arzobispo flamenco Guillermo de Moerbeke (1215-1286). Notable entre ellos fue Adelardo de Bath, cuya búsqueda del saber le llevó tan lejos como el Norte de África y el Asia Menor, cuya curiosidad intelectual abarcaba todo el campo de las ciencias, desde la astrología a la trigonometría, desde la filosofía platónica a la cetrería (en 1130, luego de su regreso, tradujo en Inglaterra numerosas obras musulmanas). Adelardo fue el traductor del célebre tratado del matemático persa al-Juarizmí (m. 863), titulado en latín Algoritmi de numero indorum. En 1143, otro inglés, Roberto de de Chester o de Ketton, por encargo del abad de Cluny Pedro el Venerable (1094-1156), colaboró con Hermann de Carintia y doctos españoles y francos en la primera traducción del Corán a una lengua europea, el latín (una reedición comentada por Lutero aparecería en Zurich en 1550). Hacia 1149, Roberto de Chester, al adaptar las tablas astronómicas de al-Battaní (858-929) y de Azarquiel (1029-1087), llevó la trigonometría islámica a Inglaterra e introdujo la palabra sinus (seno) en la nueva ciencia. El escocés Miguel Escoto (1175-1236), que llegó a ser astrólogo en la islamizada corte de Federico II de Sicilia (1194-1250), en 1217 tradujo en Toledo los comentarios de Averroes y la Esférica de al-Bitruÿí (m. 1204).

A mediados del siglo XII, el prelado y erudito John de Salisbury (1115-1180) se lamentaba del desprecio predominante hacia las matemáticas, la geometría y la lógica, «excepto en la tierra de los moros de España». En ese siglo y en el siguiente la corriente de filosofía y ciencia griega —la metafísica y las ciencias físico-naturales de Aristóteles, los tratados médicos de Hipócrates y Galeno, las obras de Claudio Ptolomeo, Euclides, Dioscórides y otros muchos pensadores—, enriquecida con los comentarios y contribuciones originales de los musulmanes, comenzó a vivificar la vida intelectual de Occidente, que hasta entonces sólo había conocido retazos de ella o nada.

La mal llamada «Reconquista» española fue algo muy largo y complejo. «¿Puede llamarse Reconquista —dice el filósofo y escritor José Ortega y Gasset (1883-1955)—, a una cosa que dura ocho siglos?». Fue una marea de conquistas castellano-aragonesas con pleamares y bajamares que dejaban islas donde, por largos períodos, musulmanes, judíos y cristianos vivían en ejemplar tolerancia, llegando sus culturas a influirse mutuamente.

Granada, último baluarte de la civilización andalusí, fue tomada en 1492, y allí, en la plaza de Bib Rambla, el cardenal inquisidor Jiménez de Cisneros presidió la quema de miles de manuscritos islámicos que se perdieron para siempre. Pero mucho antes que el espíritu de convivencia e intercambio cultural se hubiera disipado con el humo del holocausto granadino, los sabios hispanomusulmanes habían colmado su misión como industriosos intermediarios de la cultura y transmitieron a la Europa medieval la olvidada sabiduría del mundo antiguo, posibilitando el Renacimiento.

EL UNIVERSO MULTICULTURAL DE LA ESPAÑA ÁRABE DEL SIGLO XII

El Doctor en Filosofía y Filología Semítica de la Universidad de Zaragoza, especializado en el pensamiento musulmán andalusí, Joaquín Lomba Fuentes, dice en su reciente libro La raíz semítica de lo europeo (Ediciones Akal, Madrid, 1997):

«Si se quiere entender en profundidad el ser de Europa, no basta con volver la mirada a Grecia y Roma para encontrar en ellas sus raíces. El mundo semita, en su vertiente musulmana y judía, constituye una de las bases fundamentales de nuestra historia y cultura. No en vano “Europa”, en la mitología griega, era de ascendencia fenicia.

Esas raíces semíticas de lo europeo se detectan especialmente en la Edad Media. Durante ese período el desnivel cultural entre Europa y el mundo árabe fue patente. Europa estaba sumida en los restos empobrecidos de una tardía latinidad mientras el Islam y el Judaísmo recuperaban lo mejor del legado griego, lo asimilaban y lo perfeccionaban. Tanto, que empieza un ingente flujo de trasvase cultural hacia Europa, gracias al cual ésta rejuvenece, adopta nuevas formas de hacer ciencia, filosofía y literatura, aprende estilos nuevos de comportarse, de vivir la religión, de sumirse en los abismos misteriosos de la mística, de practicar la ascética, de amar, de disfrutar de la belleza.

Reconocer esta deuda, agradecer a la Historia este regalo, es ser europeos auténticamente». […]

Ante todo, Europa pudo leer por primera vez la ciencia y filosofía griega no sólo tal como en su día fue sino reinterpretada, elaborada y perfeccionada por musulmanes y judíos. […]

Con ello y, como consecuencia, aparece emparejado el tema, de procedencia semita, árabe y judía, cual es el de las relaciones entre fe y filosofía, o razón, entre religión y fe, entre pensamiento humano y revelación. […]

Para Averroes y Maimónides, la filosofía y la religión no se pueden contradecir a pesar de que son autónomas, porque apuntan y llevan a la misma Verdad».

La España árabe del siglo XII es un universo demasiado vasto, rico y complejo como para describirlo en los pocos minutos que tenemos, pero aun así podemos hacer ciertas evocaciones que son fundamentales. Además de los dos grandes polímatas cordobeses que acabamos de citar y que son el tema central de esta reunión, no podemos olvidarnos del primer gran filósofo de al-Ándalus que fue Ibn Baÿÿa, conocido por los escolásticos como Avempace (1070-1139). Este polígrafo zaragozano que fue también músico, botánico, poeta y astrónomo, es el autor de la obra El régimen del solitario (Tadbir al-mutawahhid), que es una analogía de la Ciudad Ideal (al-Madinat al-Fadila) de al-Farabi y la República de Platón.

El maestro y patrocinador de Averroes fue el médico y filósofo granadino Ibn Tufail (1110-1185). Su célebre trabajo Risala Hayy Ibn Yaqzán fi asrar al-híkma al-mashriqiyya (Epístola o tratado de “El Vivo Hijo del Despierto” sobre los secretos de la filosofía oriental), se lo suele titular, sin embargo, El filósofo autodidacto, siguiendo el título que le dio su primer traductor al inglés, el arabista Edward Pococke (1604-1691). Esta magnífica fábula moral inspiró a Daniel Defoe (1660-1731) la historia de Robinsoe Crusoe (1719).

El Siglo de Oro del Judaísmo

El llamado «Siglo de Oro» del Judaísmo tiene su apogeo precisamente en la España árabe del siglo XII con el médico-filósofo y jurisprudente Maimónides (1135-1204). Pero existieron igualmente en ese período una multitud de brillantes pensadores y científicos hebreos como el apologista tudelano Yehuda ha-Leví (1075-1141) conocido por su obra «El Cuzarí» —traducida del árabe al hebreo por el médico Yehuda Ibn Tibbon (1120-1190) en 1166—, los poetas Moisés Ibn Ezrá (1060-1139) y Yehuda al-Harizí 1170-1230), el matemático-astrónomo y gran viajero Abraham Ibn Ezrá (1089-1167), y el eminente filósofo e historiador Abraham Ibn Daud (1110-1180), llamado Avendaut Hispanus o Juan de Sevilla, traductor de numerosas obras científicas y filosóficas musulmanas del árabe al latín en Toledo.

Toledo y las tres Culturas

En el siglo XII justamente, en esa ciudad a orillas del Tajo (bajo dominio cristiano desde 1085), comenzó a funcionar la célebre escuela de traductores (fundada por el arzobispo don Raimundo de Toledo en 1130), que alcanzará su fama mayor con el mecenazgo de Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y de León (1252-1284). Por primera vez los cristianos, musulmanes y judíos constituyeron un lugar destinado a las traducciones de los autores clásicos grecolatinos, que durante 600 años se habían conservado en Oriente y fueron rescatadas y llevadas por los árabes a España.

Cabe mencionar que esta escuela de traducciones atrajo el peregrinaje de numerosos sabios y estudiosos del mundo cristiano altomedieval como el inglés Roberto de Chester, llamado «el Ketenense», que por encargo del abad de Cluny Pedro el Venerable (1094-1156) hizo la primera traducción del Corán al latín hacia 1143 con la ayuda de un erudito musulmán. Un año después, Platón Tiburtino de Tívoli (vivió en España entre 1134-1145), tradujo del hebreo al latín el famoso tratado Hibbur ha-Meshihah del matemático judío barcelonés Abraham Bar Hiyya (m. 1136).

El lombardo Gerardo de Cremona (1114-1187), miembro de la escuela de traductores a partir de 1134, tradujo el “Libro sobre el cálculo, álgebra y reducción” (Kitab al-muhtasar fi hisab al-ÿabr ua-l-muqabala) del matemático persa al-Juarizmi (m. 863). Hacia 1150, el ya citado Abraham Ibn Daud y el clérigo Domingo Gundisalvo tradujeron la obra principal del filósofo y poeta judío malagueño Salomón Ibn Gabirol (1021-1153/70) escrita en árabe, Yanbu al-hayat «La fuente de la vida» (en hebreo Mekor jáim), traducida al latín con el título de Fons vitae, que influenció en los cabalistas e inspiró al filósofo holandés descendiente de judíos andalusíes, Baruj Spinoza (1632-1677).

Una globalización bien entendida

«Ahora bien, volviendo a la diferencia entre Oriente y Occidente, hoy tan obvia y, a veces, tan hostil y agresiva, hay que decir que no existía en la Edad Media, al menos hasta el siglo XIII. Una unidad mediterránea ponía en contacto directo a Córdoba con El Cairo y Bagdad, a Venecia y Alejandría, a Europa entera con Oriente por múltiples caminos que hacían de mass media en aquellos momentos. El contacto con Oriente se daba, entre los musulmanes, por la peregrinación ritual a la Meca, gracias a la cual el sur de Italia y al-Ándalus estaban en continuo contacto con los últimos movimientos científicos y filosóficos del momento» (Joaquín Lomba Fuentes: O. cit., pág. 16).

El término árabe Rihla significa «viaje, partida, marcha, salida, emigración, periplo, itinerario, relato de viaje», es justamente esta última acepción la que se especializó para dar nombre a un género que ocupa un lugar destacado en la literatura islámica. Efectivamente, en el siglo XII aparece algo nuevo en las letras árabes, el género de la rihla. Dicho género tiene como característica el que casi todos sus autores sean occidentales, andalusíes o magrebíes, y peregrinos hacia los lugares santos del Islam (cfr. Francesco Gabrieli: Viaggi e Viaggiatori arabi, Sansoni, Florencia, 1975).

El primer gran viajero andalusí fue Abu Hamid al Garnatí (1080-1169), autor de la rihla llamada Tuhfat al-ahbab ua mujbat al-aÿab (“El Regalo de los corazones y elección de maravillas”), quien visitó el norte de África, Siria, Irak, Persia, Jorasán, Transoxiana y centro y sur de Rusia, Hungría y pereciendo en el transcurso de uno de sus viajes, en Damasco —cfr. Abu Hamid al-Garnati: Tuhfat al-Albab (El Regalo de los espíritus), AECI, Madrid, 1990; Abu Hamid al-Garnati: Al-Mu’rib ‘an ba’d aya’ib al-Magrib (Elogio de algunas maravillas del Magreb), AECI, Madrid, 1991—.

El segundo gran viajero hispanomusulmán fue Ibn Ÿubair al-Balansí (“el Valenciano”), nacido en Valencia en 1145 y muerto durante su tercera travesía, en Alejandría, Egipto, en 1217. Su famosa Rihla se refiere a su primer viaje, el que realizó entre el 15 de febrero de 1183 y el 25 de abril de 1185, cruzando el Mediterráneo y visitando Egipto, La Meca, Siria, Irak, Palestina, Cerdeña, Sicilia y Creta.

La Rihla de Ibn Ÿubair, uno de los textos narrativos más fiables y documentados de fines del siglo XII (cfr. Ibn Ÿubayr: A través del Oriente. El siglo XII ante los ojos, traducción y notas de Felipe Maíllo Salgado, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1988), es una de las fuentes más importantes con que cuenta el historiador para saber cómo se encontraba el Mundo Islámico, la Sicilia normanda, la navegación en el Mediterráneo y las relaciones entre musulmanes y cristianos en el siglo XII.

Entre los pilares de la educación que definió (aprender a vivir juntos, a conocer, a hacer y a ser), la Comisión de la Unesco sobre la educación, presidida por Jacques Delors, considera el primero como el más importante:

«Se trata de aprender a vivir juntos desarrollando el conocimiento de los otros, de su historia, sus tradiciones y su espiritualidad… que permita refundar una modernidad sobre la comunicación de individuos y colectividades que son a la vez semejantes y diferentes» (L’Education. Un tresor est caché dedans, Unesco, París, 1996, pág. 18; Alain Touraine: ¿Podremos vivir juntos? La discusión pendiente; El destino del hombre en la aldea global, (FCE, Buenos Aires, 1997).




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